RSS en 3 cucharadas: volver a elegir qué lees
Hay tecnologías que parecen viejas solo porque dejaron de estar de moda. RSS es una de ellas. No desapareció. No falló técnicamente. Simplemente fue empujado a un costado cuando la web empezó a preferir el feed algorítmico, la notificación, la app cerrada, el “para ti”, el scroll infinito y la idea de que informarse debía ocurrir dentro de plataformas que deciden qué aparece, cuándo aparece y con qué intensidad.
RSS propone algo menos sexy, pero más sano: tú eliges las fuentes, tú decides dónde leerlas, tú puedes exportar tu lista, tú puedes cambiar de lector, tú puedes ordenar el ruido. No eres completamente dueño de la información, porque las fuentes, los medios, los buscadores y los poderes editoriales siguen existiendo. Pero sí eres parcialmente dueño de la forma en que te informas. Y eso, en internet, ya es bastante.
Antes de las cucharadas: una historia mínima de RSS
RSS nació para una web que todavía olía a páginas personales, blogs, portales y enlaces azules. Su historia tiene varias ramas, disputas y nombres, pero una línea básica sirve para orientarse: en 1999 Netscape publicó RSS 0.90 para My Netscape; después vino RSS 0.91, y más tarde UserLand y Dave Winer empujaron otras versiones que desembocaron en RSS 2.0. El historial del RSS Advisory Board registra esa secuencia: RSS 0.90 en marzo de 1999, RSS 0.91 en julio de ese mismo año, una versión de UserLand en 2000 y RSS 2.0 en 2002-2003.
La idea era sencilla: un sitio publica un archivo legible por máquinas con sus novedades. Ese archivo contiene ítems: título, enlace, descripción, fecha, autor u otros metadatos. Un lector RSS visita esos archivos por ti y te muestra lo nuevo. La especificación de RSS 1.0 lo describía como un formato ligero, extensible y multipropósito para describir y sindicar contenido, con canales compuestos por ítems recuperables por URL.
En esa historia aparece Aaron Swartz, y aparece muy joven. A los 14 años coescribió RSS 1.0, una de las ramas más semánticas y extensibles del estándar, vinculada a RDF. El Internet Hall of Fame lo resume así: en 2000, a los 14, Swartz coautoró RSS 1.0 y luego participó en un grupo de trabajo del W3C sobre formatos comunes para la web.
Mencionarlo no es adorno biográfico. Swartz encarna una forma de entender internet: abierta, interoperable, archivable, enlazable, más cerca del conocimiento público que del encierro en plataformas. RSS tiene algo de esa ética. No te pide que mires un muro administrado por una compañía. Te entrega una tubería. Una fuente. Un modo de decir: “cuando publique algo, ven a buscarlo sin pedirle permiso a un algoritmo”. ✊🏼
Durante años, Google Reader fue el gran hogar de esa costumbre. Lanzado en 2005, terminó siendo el lugar donde mucha gente armó su dieta informativa. En 2013 Google anunció que lo cerraría el 1 de julio de ese año, argumentando que su uso había bajado y que la empresa quería concentrarse en menos productos. Ese cierre fue un golpe cultural: no mató RSS, pero sí rompió el centro de gravedad de una práctica. Después vino la diáspora: Feedly, NewsBlur, Inoreader, lectores locales, lectores móviles, lectores autohospedados, lectores que aparecieron y desaparecieron.
RSS sobrevivió porque no dependía de una sola empresa. Esa es la gracia.
Cucharada 1: RSS como soberanía digital cotidiana
La soberanía digital suena a concepto de paper, pero en RSS se vuelve una práctica doméstica: elegir fuentes, ordenar carpetas, exportar una lista, leer en el momento propio, ignorar lo que no importa y no depender de un feed que optimiza tu atención para fines ajenos.
Las redes sociales no están diseñadas principalmente para informarte bien. Están diseñadas para retenerte. A veces eso coincide con estar informado; muchas veces coincide con estar irritado, ansioso, entretenido o atrapado. La diferencia es importante. Un lector RSS no elimina sesgos ni garantiza calidad, pero cambia la arquitectura de decisión. En vez de preguntar “qué quiere mostrarme esta plataforma”, preguntas “qué fuentes decidí seguir y qué publicaron”.
La literatura académica sobre personalización algorítmica ayuda a ponerle marco a esta intuición. Urbano Reviglio y Claudio Agosti proponen el concepto de “soberanía algorítmica” para discutir el poder que tienen las plataformas sobre la personalización, la curaduría y la modificación de conducta. Su punto no es que toda personalización sea mala, sino que buena parte de esa personalización ocurre en sistemas opacos, comerciales y difíciles de negociar socialmente.
También hay una dimensión cognitiva. La atención no es una bodega infinita. La sobrecarga informativa aparece cuando la cantidad de información que se nos exige procesar supera nuestra capacidad de procesarla con sentido. Una revisión sistemática sobre information overload muestra que este no es solo un problema de volumen, sino también de contexto, tareas, tiempo, interrupciones y diseño de los entornos donde leemos.
En el consumo de noticias, esto importa todavía más. Un estudio en Frontiers in Psychology sobre sobrecarga de noticias en redes sociales encontró relaciones significativas entre news overload, evitación de noticias, necesidad de noticias y conductas de filtrado. Dicho en simple: cuando el flujo se vuelve demasiado intenso, las personas no necesariamente se informan mejor; muchas veces filtran a la fuerza, leen en diagonal, se agotan o directamente evitan.
RSS no soluciona todo eso, pero introduce fricción buena. No hay autoplay. No hay “para ti”. No hay ranking emocional automático. No hay una máquina probando qué titular te retiene dos segundos más. Hay una lista. Hay carpetas. Hay leídos y no leídos. Hay una relación más explícita entre fuente, tiempo y atención. 🧘🏼♂️
La evidencia empírica sobre feeds algorítmicos es compleja. En un estudio publicado en Science sobre Facebook e Instagram durante la elección estadounidense de 2020, cambiar feeds algorítmicos por feeds cronológicos redujo el tiempo y la actividad dentro de las plataformas, aunque no produjo cambios significativos en varias actitudes políticas durante el período estudiado. Un trabajo más reciente en Nature, sobre el feed algorítmico de X, reportó que activar un feed algorítmico aumentó el engagement y movió algunas opiniones políticas en ciertos temas. No hace falta sacar una conclusión apocalíptica de esto. Basta con una conclusión práctica: importa quién ordena lo que lees. Importa bajo qué incentivos. Importa si puedes salirte.
RSS te devuelve una parte de ese control.
Cucharada 2: dónde leer, dónde agregar y mi historia con RSS
Un agregador es un lector que junta fuentes distintas en un solo lugar. La idea básica es que no tengas que ir sitio por sitio a buscar información, sino que esa información llegue a ti mediante un lector o agregador. La Biblioteca del Congreso Nacional de Chile lo explica de forma simple: RSS permite recibir contenidos actualizados desde sitios web sin tener que visitarlos manualmente uno por uno.
Ese gesto cambia la relación con la web. En vez de abrir veinte pestañas, abres una bandeja. En vez de depender de que una red social te muestre una nota, sigues directamente al sitio que la publica. En vez de perder tus suscripciones cuando una empresa cambia de estrategia, exportas tu OPML y te vas a otro lector.
Mi historia con RSS empezó por ahí, entre 2006 y 2007, con Google Reader. Ahí agregué la mayoría de mis sitios. Ahí aprendí una forma de informarme que era también una forma de perder el tiempo, pero con cierto orden: revisar pendientes, bajar con el teclado, abrir lo interesante, marcar leído, volver al flujo. Era procrastinación, sí, pero una procrastinación +gobernada.
Después vino Android. Y ahí mi app fue gReader. De esa primera camada de lectores móviles, gReader tenía algo muy preciso: era suficientemente fea para parecer herramienta, suficientemente rápida para volverse costumbre y suficientemente cómoda para leer mucho sin pensar demasiado en la aplicación misma. En 2010, Gizmodo la puso como medalla de oro entre lectores RSS para Android, por encima de alternativas como NewsRob y FeedR. No sé si era la mejor en términos absolutos, pero sí era de esas apps que se pegaban a los dedos.
También recuerdo otros fantasmas de esa época. Una app con un cohete como icono, cuyo nombre se me perdió en la memoria, pero que queda ahí como objeto arqueológico: el RSS en Android fue también eso, probar lectores, cambiar interfaces, entusiasmarse por pequeños gestos de navegación. Y recuerdo Corgi, una promesa rara y simpática: un perro que te traía el diario al teléfono. Corgi for Feedly ponía tus feeds directamente en la pantalla de bloqueo de Android para leer sin abrir la app. En español, El Android Libre lo describía tal cual: Feedly en el lockscreen, con diseño Material Design, para pasar artículos desde la pantalla bloqueada. La idea era un poco absurda y un poco brillante: llevar el diario a la puerta de la casa, pero la puerta era la pantalla de bloqueo. 🐶
De esa época dejaría esta pequeña constelación Android:
- gReader, mi app de verdad, la que más calzó con el hábito.
- NewsRob, fuerte en sincronización y lectura offline, muy atada a la era Google Reader.
- FeedR, una alternativa más independiente dentro de la primera ola Android.
- Press, más cuidada visualmente y cercana a esa escuela de lectores bonitos.
- Feedly, el gran sobreviviente de la diáspora post-Google Reader.
Cuando Google Reader anunció su cierre, Feedly se movió rápido. En junio de 2013 lanzó Feedly Cloud, una plataforma propia para dejar de depender del backend de Google Reader y facilitar la migración. Eso explica parte de su persistencia: no solo era una app bonita, sino un servicio de sincronización que logró recibir a usuarios que venían con años de carpetas, hábitos y feeds acumulados.
En Windows también usé software de agregación. Ahí conocí Feedly de otra manera: ya no solo como app, sino como servicio sincronizado. Después me pasé a Reeder. Y cada cierto tiempo, por inquietud o aburrimiento, probaba otros lectores en Windows y Linux: lectores más locales, más libres, más feos, más potentes, más minimalistas. Siempre terminaba volviendo a Feedly.
Pero nunca de pago. No por desprecio al producto, sino por escala de uso. Mi consumo de feeds no da como para pagar una suscripción. Esto también es parte de RSS: puede ser muy sofisticado, pero puede seguir siendo austero. Una lista de fuentes, un lector gratuito, algo de disciplina y nada más.
En iOS, Reeder merece un párrafo aparte. La app de Silvio Rizzi representa una de las líneas más cuidadas de esta tradición: leer bien, navegar rápido, no estorbar. Valoro mucho ese trabajo. Durante años Reeder fue, para mí, la prueba de que un lector RSS podía ser elegante sin convertirse en revista, minimalista sin volverse pobre, potente sin parecer una consola de administración.
Eso sí: me gustaría que la nueva etapa volviera, al menos para quienes leemos RSS de forma más clásica, al sistema previo de pago único y no suscripción. Aquí conviene ser justo: no es que todo Reeder se haya vuelto una sola cosa. La nueva app, Reeder, aparece como gratuita con compras dentro de la app y una suscripción mensual o anual; además, según MacStories, Reeder+ desbloquea feeds ilimitados y funciones adicionales. Al mismo tiempo, Reeder Classic sigue disponible como versión anterior para quienes prefieren una experiencia tradicional de RSS y read later. Aun así, mi preferencia sigue siendo clara: en lectores RSS, pago único antes que suscripción, salvo que el volumen de lectura justifique pagar infraestructura todos los meses.
Hoy el mapa se podría ordenar así: para empezar rápido, Feedly o Inoreader; para lectura local y privacidad, Feeder; para autohospedaje, FreshRSS, Tiny Tiny RSS o NewsBlur; para leer bonito en Apple, Reeder o Reeder Classic. Pero lo esencial no es la app. Lo esencial es el archivo: el OPML. Ese pequeño mapa exportable de tus fuentes. Tu jardín de enlaces vivos.
Cucharada 3: lo que viene después del RSS clásico
RSS no tiene por qué quedarse en “seguir blogs”. Puede ser una infraestructura personal para leer la web.
Primero, podemos hacer feeds donde no los hay. Hay sitios que no publican RSS, pero igual tienen patrones: una página de noticias, una sección de comunicados, una agenda, una lista de documentos, una página institucional que cambia cada cierto tiempo. Herramientas como RSS-Bridge existen precisamente para generar feeds de sitios que no tienen uno. RSSHub va en la misma dirección: una red y proyecto open source para crear rutas RSS desde muchas fuentes distintas. Y herramientas como Feed Creator de FiveFilters permiten generar feeds a partir de elementos de una página web que no ofrece RSS propio.
Segundo, podemos convertir feeds pobres en feeds útiles. Muchos medios entregan solo título y bajada para obligarte a entrar al sitio. Eso puede tener sentido para su negocio, pero para lectura personal a veces es una molestia. Herramientas de extracción de texto completo permiten limpiar artículos, quitar ruido visual y dejar una versión legible. El propio ecosistema de FiveFilters existe alrededor de esa idea: tomar contenido web y transformarlo en algo más portable, legible y procesable.
Tercero, podemos hacer digest o resumen propios. No todo merece ser leído al instante. Ese resumen no debería reemplazar la fuente. Debería apuntar hacia ella. El LLM no decide qué existe; ayuda a comprimir lo que tú ya decidiste seguir.
Cuarto, podemos mezclar RSS con mensajería. Un feed puede terminar en Telegram, en correo, en una página estática, en una base de datos personal, en un dashboard, en un bot que avisa solo cuando aparece cierta palabra. También puede funcionar al revés: newsletters convertidas en feeds, canales convertidos en resúmenes, sitios sin RSS convertidos en fuentes vigiladas. La web, cuando se deja conectar, vuelve a ser menos una línea de tiempo y más una caja de herramientas.
Quinto, podemos compartir mapas de lectura. Un OPML público es una invitación a husmear la dieta informativa de alguien. No como performance de influencia, sino como gesto de infraestructura: “estas son mis fuentes, llévatelas, rómpelas, cámbialas, impórtalas, arma las tuyas”.

Ese es el cierre natural de este post: parte por probar. No hace falta migrar toda tu vida informativa. Basta con elegir diez fuentes que de verdad quieras seguir: un medio, un blog, una revista académica, una cuenta institucional, un podcast, una página rara que siempre olvidas revisar. Las agregas a un lector. Las ordenas. Las lees por una semana. Después decides.
Y para partir, puedes husmear mi OPML: mi archivo con todos mis feeds, mis obsesiones, mis sitios muertos, mis fuentes persistentes, mis carpetas probablemente mal nombradas.
RSS no es nostalgia. Es una forma discreta de resistencia cotidiana contra la lectura gobernada por otros.
Gobierna cómo lees las noticias.

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